Longview, Texas.
Hay algunas preguntas que muchos creyentes se hacen en silencio: “Si la Biblia dice que en Cristo tengo vida, paz y plenitud… ¿por qué yo me siento tan vacío por dentro?, ¿Por qué si creo en Dios y lo amo no puedo lograr esa vida abundante que Jesús prometió a los que lo siguen?”
Sabemos de memoria algunos textos bíblicos, como por ejemplo “al que cree en mí, de su interior correrán ríos de agua viva”, pero en eso no nos pasa, sino lo contrario, sentimos sequedad, desánimo, angustia, preocupaciones y ansiedad. Todo eso nos roban la paz y el gozo. Entonces descubrimos que la fe profesamos pareciera no tener efecto alguno en el mundo que nos rodea. Es como si la Fe no funcionara.
Sabemos varios versículos bíblicos, asistimos a la iglesia, incluso colaboramos con donativos… y sin embargo, en nuestra experiencia diaria parecemos estar en el extremo opuesto de lo que Dios nos promete.
Trending Shorts
Entonces aparecen los “¿por qué?”:
- ¿Por qué, si la Biblia dice que estoy completo en Cristo, vivo en necesidad y carencia?
- ¿Por qué, si la gloria de Dios habita en mí, vivo deprimido, ansioso, preocupado?
- ¿Por qué me siento lejos, frío, distante de Dios, aun sabiendo que Él está?
La respuesta no está en que Dios no haya hecho su parte. Jesús, en la cruz, declaró: “Consumado es”. Es decir: “Está todo hecho. Todo lo que necesitamos para una vida plena ya fue provisto.”
El problema no está en la Palabra, ni en la obra de Cristo, sino en cómo tú y yo gestionamos el alma.
El alma es nuestro mundo interior: pensamientos, emociones, decisiones, recuerdos, traumas, expectativas.
Si el alma mira todo el tiempo lo que pasa alrededor —problemas, cuentas, malas noticias, conflictos, va a vivir hundida en lo temporal. Pero cuando el alma aprende a mirar lo eterno, comienza a vivir desde la realidad del Espíritu, no desde la realidad de las circunstancias.
La Biblia dice:
“En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17:28).
Pablo no está hablando de una teoría espiritual, sino de una realidad: se puede vivir, moverse y existir en Cristo.
Pero eso se vuelve experiencia cuando aprendemos a gestionar el alma, cuando dejamos de esperar que “Dios haga algo grande” en el futuro, y empezamos a vivir lo grande que Dios ya hizo en la cruz.
No se trata de que un día “algo bajará del cielo” para cambiarlo todo. Se trata de aprender a ordenar nuestro mundo interior para que lo que Cristo ya consumó se vuelva real en nosotros.
Tal vez hoy tu pregunta sea:
“¿Por qué lo que vivo está tan lejos de lo que la Biblia dice?”
En esta columna y en las que vienen quiero invitarte a hacer algo muy sencillo, pero valiente: gestionar el alma, para que todo lo que Dios ya hizo por ti y por mí en el ámbito espiritual, se haga real para nosotros en nuestro ser interior. Necesitamos vivir la fe en Cristo, necesitamos vivir a Cristo, necesitamos experimentar su amor y su gracia.
Si tu experiencia no se parece en nada lo que Dios nos dice en las escrituras, el problema no es Dios.
Responde esta pregunta para ti mismo ¿Dónde está mirando tu alma? ¿Las circunstancias? ¿Los problemas de todos los días? Te animo a poner el enfoque en Dios, a creer en lo que el ya hizo.
El apóstol Pablo lo dijo así:
Así que no miramos las dificultades que ahora vemos; en cambio, fijamos nuestra vista en cosas que no pueden verse. Pues las cosas que ahora podemos ver pronto se habrán ido, pero las cosas que no podemos ver permanecerán para siempre.
2 corintios 4.18 NTV
Es cuestión de aprender a ver lo que no se ve. Es cuestión de creer que, en Cristo, ya todo ha sido resuelto a pesar de que mis ojos físicos todavía no puedan verlo.
Al fin y al cabo, es durante las peores tempestades donde descubrimos si hemos edificado sobre el cimiento correcto.
Hasta la próxima!